miércoles, 6 de abril de 2011

TECNOCRACIA Y DEMOCRACIA

Una reflexión del modo de hacer política desde Kafka



1.A modo de introducción


Ante la Ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde».



––Es posible ––responde el guardián––, pero no ahora.



«Como la puerta de acceso a la Ley permanece abierta, como siempre, y el guardián se sitúa a un lado, el hombre se inclina para mirar a través del umbral y ver así qué hay en el interior. Cuando el guardián advierte su propósito, ríe y dice:



»––Si tanto te incita, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Ten en cuenta, sin embargo, que soy poderoso y que, además, soy el guardián más insignificante. Ante cada una de las salas permanece un guardián, el uno más poderoso que el otro. La mirada del tercero ya es para mí insoportable.



»El hombre procedente del campo no había contado con tantas dificultades. La Ley, piensa, debe ser accesible a todos y en todo momento, pero al considerar ahora con más exactitud al guardián, cubierto con su abrigo de piel, al observar su enorme y prolongada nariz, la barba negra, fina, larga, tártara, decide que es mejor esperar hasta que reciba el permiso para entrar. El guardián le da un taburete y deja que tome asiento en uno de los lados de la puerta. Allí permanece sentado días y años. Hace muchos intentos para que le inviten a entrar y cansa al guardián con sus súplicas. El guardián le somete a menudo a cortos interrogatorios, le pregunta acerca de su hogar y de otras cosas, pero son preguntas indiferentes, como las que hacen grandes señores, y al final siempre repetía que todavía no podía permitirle la entrada. El hombre, que se había provisto muy bien para el viaje, utiliza todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Éste lo acepta todo, pero al mismo tiempo dice:



»––Sólo lo acepto para que no creas que has omitido algo.



»Durante los muchos años que estuvo allí, el hombre observó al guardián de forma casi ininterrumpida. Olvidó a los otros guardianes y éste le terminó pareciendo el único impedimento para tener acceso a la Ley. Los primeros años maldijo la desgraciada casualidad, más tarde, ya envejecido, sólo murmuraba para sí. Se vuelve senil, y como ha sometido durante tanto tiempo al guardián a un largo estudio ya es capaz de reconocer a la pulga en el cuello de su abrigo de piel, por lo que solicita a la pulga que le ayude para cambiar la opinión del guardián. Por último, su vista se torna débil y ya no sabe realmente si oscurece a su alrededor o son sólo los ojos los que le engañan. Pero ahora advierte en la oscuridad un brillo que irrumpe indeleble a través de la puerta de la Ley. Ya no vivirá mucho más. Antes de su muerte se concentran en su mente todas las experiencias pasadas, que toman forma en una sola pregunta que hasta ahora no había hecho al guardián. Entonces le guiña un ojo, ya que no puede incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tiene que inclinarse hacia él profundamente porque la diferencia de tamaños ha variado en perjuicio del hombre de la provincia.



»––¿Qué quieres saber ahora? ––pregunta el guardián––. Eres insaciable.



»––Todos aspiran a la Ley ––dice el hombre––. ¿Cómo es posible que durante tantos años sólo yo haya solicitado la entrada?



»El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita:



»––Ningún otro podía haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Yo me voy ahora y cierro la puerta».



Kafka por medio de este relato resume de forma extraordinaria toda aquella pesadilla que el protagonista de la historia “K” vive cuando se encuentra en medio de un proceso judicial que lo incrimina por algo que nunca llega a saber pero que termina por asumir. La ley, el derecho, en lugar de ser la forma cómo se autorregulan los pueblos, termina siendo el medio de cómo el poder crea culpables para mantenerse a sí mismo. Para nuestro cometido, los distintos elementos y personajes descritos en el relato que hemos citado al principio, nos servirán para hacer una reflexión filosófica sobre la política, especialmente y siguiendo la línea de Frankfurt, en cuanto crítica del orden existente, y utopía de aquello que puede (y debe) existir.



1.Cuando la política se olvida de la ética


El modo como opera la razón instrumental para cosificar de modo técnico y burocrático la realidad humana, social o política, lo encontramos en la situación que vive aquel pobre campesino en el momento que desea ingresar por la “puerta de la ley”. El derecho aquí se convierte en una fuerza extraña que enajena por medio de la frívola burocracia representada en el guardián de la puerta. Esta escena no solamente corresponde a una obra literaria, sino que también al teatro político que vivimos en nuestro continente. ¿Cuántas veces hemos visto cómo se excluye a la ciudadanía de sus derechos? ¿Por cuánto tiempo esperaremos los ciudadanos ingresar al terreno de lo político y vivir en democracia? ¿Quiénes son las únicas voces autorizadas para acaparar aquel espacio de opinión pública como lo son los medios de comunicación? En fin, y siguiendo un poco a Marx, cuando fetichizamos todo cuanto acaece en la sociedad, y no únicamente la mercancía, realmente entramos en una situación en la que la convivencia se vuelve un asunto de supervivencia que dictan las leyes naturales del mercado, la política o el derecho. Si bien es cierto el guardián de la puerta cumple ejemplarmente su trabajo de no dejar ingresar a nadie sin autorización, o lo que es lo mismo, cumple las normas del derecho y se sujeta irrestrictamente al sistema jurídico, somos testigos de una cruel injusticia. ¿Qué es lo que ha hecho falta? Kant nos podría aportar con algunos elementos.



La imagen del mundo kantiana está constituida desde los presupuestos de una racionalidad que se expresa de un modo científico y práctico, en la que la pregunta ética tiene tanta importancia e incluso complementariedad con la pregunta por el conocimiento. La razón, dirá Kant, tiene una inclinación natural por la metafísica, por responder aquellas cuestiones que van más allá del ámbito de la experiencia. De este modo, en el momento de analizar la política, Kant integra los usos teóricos y prácticos de la razón, puesto que al decir que la política es doctrina del derecho aplicada no solamente se refiere a que las condiciones de posibilidad de la política están inscritas en el orden de lo legal, sino que también hace volver la mirada hacia la parte ética del derecho, puesto que para Kant éste no es una fuerza positiva extraña, sino que más bien debe obediencia a la moral y ésta como recordamos es conducida por aquel imperativo categórico fundado en la autonomía y universalidad de las normas. Ciertamente en la sociedad vivimos distintos estados de conflicto y de luchas por el reconocimiento, las cuales como diría Kant, no forman parte de una sustancia atemporal del ser humano, sino que son construidas por los mismos hombres en sus relaciones sociales, los que los hace responsables de sus propios conflictos. Para regular y solucionar esto surge el derecho como instancia suprema por la cual todos los hombres pueden reconocerse y elaborar sus diferentes modelos de vida, reservando así para la política el espacio en el que confluyen, conviven y regulan la pluralidad de formas de vida. En la Crítica de la razón pura se dice los siguiente: “Una constitución que promueva la mayor libertad humana de acuerdo con leyes que hagan que la libertad de cada uno sea compatible con la de los demás […] es como mínimo, una idea necesaria que ha de servir de base, no sólo al proyecto de una constitución política, sino a todas las leyes.” (CrRP A 316) El imperativo ético kantiano se hace derecho y proceso en el ámbito político. Kant llama la atención a la sociedad para que no olvide que la fuente de las normas y el regulador de la política son la moral y no la sola aplicación técnica de las leyes. Hay un espacio dentro de la política tanto para la ejecución de leyes, como para la reflexión racional de las mismas, para su sometimiento constante a la crítica argumentativa sobre su validez para fomentar la libertad humana. “Kant coincide con la teoría jurídica empírica respecto a que el Derecho se encuentra constituido por un sistema de normas emanadas de un legislador que mantienen su vigencia gracias a la amenaza de coacción. […] Pero a diferencia de las teorías empíricas, destaca que la exigencia de justicia es un elemento presente necesariamente en todo derecho, ya que esa exigencia es aquello que lo distingue de las órdenes dadas por un asaltante.”[1]



Retomando el relato kafkiano encontramos la justificación que haría Kant para argumentar la necesidad de acompañar la política y el derecho de la regulación ética, puesto que el protagonista de la historia es víctima de un sistema en el que la ética es excluida y que, aunque se apele a un principio regulador como la ley, no es suficiente, puesto que en ocasiones resulta mejor la actitud de desobediencia civil y resistencia antes que el fiel sometimiento al orden jurídico. Cuando la ética deja de estar presente las más grandes injusticias se disfrazan de orden social, o como diría E. Galeano: ahora la injusticia es el castigo merecido que reciben los pueblos por su ineficiencia. Las políticas neoliberales surgidas a partir del Consenso de Washington y aplicadas en toda América Latina son una clara muestra que lo legal por lo legal, lo técnico por lo técnico, es una forma de alienación ya que los programas de ajuste estructural aplicados en nuestro continente por mano de los grupos hegemónicos favoreció a que estos, sin ningún escrúpulo ético, consolidaran su posición social por medio de la fabricación de la pobreza. Todas aquellas políticas que justificaban el retiro del estado, la eliminación de aranceles, la privatización de los servicios públicos, etc., eran ciertamente una correcta aplicación de leyes económicas y políticas en detrimento de la dignidad humana. Y lo que es peor, toda la cadena de pobreza que ha generado el modelo neoliberal no es por culpa del sistema, puesto que como bien analiza Joseph Stiglitz los defensores de este modelo acusan a las personas que lo han aplicado incorrectamente, en otras palabras, todo se resuelve y todo se reduce a un asunto técnico más allá de la ética.



Ahora bien, bajo otro aspecto el olvido de la ética no solamente conlleva la anulación de un posible orden universal, sino también el olvido de la misma identidad humana o lo que podríamos denominar su dimensión ontológica, puesto que la acción moral halla su medida en la dignidad humana de tal modo que algo es bueno o malo si construye o destruye al ser humano en cuanto tal. Y esta esencia humana se expresa en la memoria, tradición o identidad tanto del individuo como de los pueblos. Someterse exclusivamente a la ley, al derecho, al orden jurídico es poner entre paréntesis la misma historia de los pueblos que han construido la sociedad y derrumbar completamente sus creencias ideológicas en virtud de un orden superior. Nos encontramos así ante el problema del liberalismo y toda la crítica realizada a la propuesta política de Rawls de suspender en el debate público las creencias profundas de los humanos para ocuparse de los asuntos estrictamente políticos, pero esta devaluación de la memoria ciertamente es una devaluación de la misma humanidad, ya que si volvemos a nuestra historia, el pobre hombre que quiere presentarse ante la ley lo hace movido por unas razones profundas ya que aquello que ha vivido en su pasado, sus ideas, su formación, su historia en general es lo que le impulsa a presentarse ante la Ley, pero cuando el guardián le impide su paso, impide también que su humanidad salga a flote para tratarlo como alguien más que pasa a formar parte de las estadísticas.



1.La instrumentalización de la política


Fijémonos ahora en el rol que juega el guardián de la puerta. Él representa el orden burocrático puesto al servicio del poder-dominio, o como diría Habermas el modo como se coloniza el mundo de la vida. Su función en la puerta es avisar cuando un individuo puede entrar y cuando no, pero lo curioso de esta labor es que demuestra el lado cínico del sistema ya que si bien es cierto este guardián tiene prohibido hacer entrar a cualquiera al final del relato se dirige al pobre hombre ya moribundo y le informa que desde siempre esa puerta ha esperado por él. Situación realmente paradójica: el hombre es dueño de la ley pero a la vez está impedido de entrar en ella. Lo que aquí se expone es el modo cómo actúa la racionalidad instrumental cuando se vuelve política, es decir, todo aquello que pasa en la sociedad cuando esta confía única y exclusivamente en una democracia representativa por el supuesto know how de los políticos, por su saber técnico que los hace más “capaces” para tomar decisiones por otros. “De acuerdo a esta postura teórica la política debe tener siempre un carácter instrumental, basado no en el conocimiento verdadero, sino en el cálculo estratégico de las preferencias de los participantes.”[2]



Como se podrá entrever, esta forma de entender la política hunde sus raíces en la construcción jurídico-política de Hobbes, el cual tiene como premisa antropológica que el hombre está movido por el interés personal.Por esencia, dirá Hobbes, los individuos están completamente aislados y velan únicamente por su bienestar y así los otros se presentan para el individuo como un obstáculo o una amenaza para los intereses personales, por tal razón lo más natural en la sociedad o entre las naciones sería la guerra.[3]Pero, para evitar esta situación de tensión constante y temor en las relaciones sociales, surge lo que se llama el contrato social con el fin de que una instancia mayor, el Estado, que con un poder totalitario se encargue de hacer cumplir los contratos y mantener unida a la sociedad. “La concepción hobbesiana, entonces, es una representación ideológica de la sociedad civil tal como la viven los individuos preocupados por defender sus intereses particulares ante los demás.”[4]



Desde esta perspectiva la ciencia y la técnica terminan por convertirse en las dueñas de la verdad y por lo mismo el hombre puede ser tratado como un objeto más de la naturaleza y ser manipulado por el grupo de “expertos de la política” los cuales al ser poseedores de la ciencia política son dueños exclusivos de la verdad, produciéndose así los llamados “tecnócratas”, es decir, el gobierno de aquellos sujetos que por su vinculación al conocimiento poseen el poder y se dedican a la aplicación de dispositivos técnicos para ejercer su poder en el campo político.

El matrimonio existente en América Latina entre los medios de comunicación y el poder económico es un claro ejemplo de cómo la ciudadanía puede ser sustraída de su ser político. En ellos todas las respuestas a los grandes problemas de la existencia humana y sobre todo a los conflictos sociales hallan su solución, y no por una confrontación ideológica en la que los medios puedan servir de plataforma, sino por una clara y abierta defensa al orden establecido que los medios hacen, ya sea por entrevistar siempre al mismo grupo de políticos representantes de las clases hegemónicas, o por el tratamiento de la información o por su esfuerzo incansable de deslegitimar a los gobiernos de izquierda. Al menos en Ecuador somos testigos de cómo los grandes medios de comunicación no hacen otra cosa que generar un contrapoder y una resistencia a las políticas de Rafael Correa, alineándose así a una postura ideológica netamente conservadora y poniéndose la máscara de la libertad de expresión y ciertamente más allá que si los medios tienen o no razón en las críticas al gobierno, lo que quedan debiendo es su falta de capacidad para que la ciudadanía tome sus propias opciones y se encuentre a sí misma en el espacio público de la información, ya que los media, a mi juicio, se han convertido en el mecanismo legitimador de una democracia delegativa que tiene a la ciudadanía a la expectativa de saber en qué creer fruto de su alianza con los grupos de poder, tal como el hombre que quiere ingresar por las puertas de la ley pero que depende existencialmente del sí o del no que el guardián le dicte, el cual a su vez está sometido a otros grupos más poderosos que él.

1.Democracia y racionalidad comunicativa
Lo irónico y contradictorio del relato kafkiano que hemos estado analizando es que el pobre individuo no puede ingresar a una puerta que le ha sido reservada únicamente para él, como si de algún modo su participación en el ámbito de lo público fuera un derecho y una restricción a la vez. En nuestras sociedades cada vez se vuelve más urgente que los ciudadanos puedan recuperar aquella conciencia que los hace destinatarios y protagonistas de la acción política para así vencer a todos aquellos guardianes que en nombre de la ley cometen todo tipo de atropellos al bien común. En este sentido la propuesta habermasiana de la razón comunicativa expresada políticamente en la esfera pública resulta una propuesta que puede iluminar los procesos sociales que en nuestro continente van formándose ya que ella permite que los diferentes actores sociales, con toda su carga ideológica, biográfica, étnica, de clase, etc., puedan encontrarse libremente para discutir la “cosa pública” y así encontrar aquello que pueda coordinar de modo más racional la acción social.

Los acuerdos no se consiguen al margen de un contexto puesto que todo acuerdo descansa sobre un trasfondo de presupuestos no-tematizados que se llama “mundo de la vida”. De esta forma superamos la visión hobbesiana antes mencionada, en la que los sujetos son por esencia aislados, para pasar a entender a los mismos como parte de una misma cultura o sociedad. Toda interacción social descansa sobre un acuerdo implícito. Así, la acción política que buscase la transformación de la sociedad debe antes pasar por la transformación del “mundo de la vida” mediante un proceso de tematización de alguno de los aspectos del mismo con el fin de buscar nuevas formas de integración social.

Con este referente, Habermas propone una revalorización de la democracia consensual y del Estado de derecho, basado en la participación activa de los ciudadanos los cuales son vistos como sujetos políticos que pueden pasar a formar parte del diálogo argumentativo de donde emerge la democracia. El derecho y la normatividad, desde esta perspectiva, dejan de ser vistos como coacciones del Estado, o como vemos en nuestro continente de partidos o tecnócratas, sino que estos aparecen como una construcción social donde los sujetos libre y racionalmente aceptan cumplirlos porque se sienten vinculados en el proceso de su elaboración. Se abandona la idea de que el otro es un objeto y se lo considera como un sujeto y un interlocutor de las normas.[5]Así, todos cuantos pueden sentirse afectados ante determinadas normas tienen la capacidad – y la obligación – de someterlas a crítica antes de su aceptación en una participación entre sujetos libres e iguales. La democracia argumentativa se basa en el poder del argumento y abandona el argumento del poder.

Finalmente, como vemos para Habermas el concepto esencial de la democracia es el mismo que se desprende de su raíz etimológica, es decir: el poder del pueblo entendido como autonomía y autolegislación con base en consensos racionales. Para Habermas “la actividad fundamental de la democracia ya no es tanto la elección de los representantes parlamentarios como la libre discusión de la normas civiles por parte de los ciudadanos.”[6]

A manera de conclusión podríamos decir que el reto de todo modelo político y de democracia es conseguir que sujetos como los que Kafka narra puedan libre y equitativamente no solo entrar por las puertas de la Ley sino que ellos mismo diseñar su tamaño y poder cambiarla conforme sean sus necesidades. Una democracia representativa o delegativa deviene en una política estratégica en la que los sujetos son reducidos a objetos de una manipulación por parte del Estado o grupos de poder con el fin de que sirvan a los intereses de los mismos. Necesitamos para realmente alcanzar un cambio social de una democracia radical y participativa en la que la sociedad civil toma parte integrante de la vida política del Estado. En la medida en que el Estado abra los espacios, garantice y vele para que los distintos actores sociales entren a formar parte del proceso de discusión, se podrá decir que existe una verdadera democracia, la cual necesariamente debe apuntar a la consecución de consensos que tengan por el fin el bien común, pero alcanzar esto implica también que los ciudadanos no olvidemos que la política es una entrada que estaba reservada solamente para nosotros.





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[1]AAVV, La Teoría Crítica y las tareas actuales de la crítica, Editorial Anthropos, p. 139.

[2]Idem., p. 138

[3]Recordemos la conocida expresión de Hobbes referida al hombre: homo homini lupus (el hombre es el lobo del hombre)

[4]SCAVINO, Dardo, La filosofía actual. Pensar sin certezas, Editorial Paidós, p. 98

[5]Es necesario tomar en cuenta que una de las fuentes de donde se inspira el pensamiento habermasiano es de la teoría kantiana, especialmente aquellos postulados de la razón práctica que afirman la necesidad de considerar al otro no como un medio, sino como un fin en sí mismo. De igual forma el imperativo categórico kantiano es reconceptualizado en términos comunicativos y de diálogo argumentativo.

[6]SCAVINO, Dardo, Op. Cit., p. 108







Pedro Bravo Reinoso

Licenciado en Filosofía

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